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  • Viejos Retazos (Cap3)

    Posted on agosto 4th, 2009 ingrid No comments

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    3.- Revelaciones

    Watanabe se había alejado lo suficiente del campo de batalla, en dirección noreste, perdiendo de vista los lagos Kawaguchi y Sai. El caballo corría a toda velocidad pero pronto sus fuerzas menguaron; el animal necesitaba agua y comida. El lagarto de ojos amarillos se dió cuenta de esto y tuvo que tirar de las riendas.

    Mientras el animal tomaba su descanso en un riachuelo cercano, Yori había tomado el cuerpo de Oonishi y dejado descansar en el suelo. Aún tenía una sonrisa, se veía en paz. No pudo evitar que aquellas escenas volvieran a su mente, podía ver a la perfección a Udo arrodillarse frente a Zeyu, dando a entender que la situación era igual de dolorosa para él, para los lagartos. Oonishi siempre había tenido un sentido del honor muy grande, haciendo que recibiera bromas por parte de sus compañeros, diciéndole que estaba en el clan equivocado. Quizás era cierto. Si hubiese sido lobo ahora no estaría muerto, quizás lo hubiese matado en el campo de batalla.

    Sus ojos volvieron a nublarse, Watanabe se acercó al rostro de su compañero caído y apoyó su frente en la de él. Era un llanto amargo, lleno de dolor. Le habían quitado algo de él, nuevamente; el sentimiento y las sensaciones eran parecidas a cuando Aiko había fallecido. A pesar que no había conexión alguna de sangre entre ellos dos, habían sido como hermanos, hacían muchas cosas juntos, entrenaban, reían y se decían las cosas. También hubieron momentos de rabia, frustración y tristeza, pero podían aguantan la adversidad juntos. Ahora eso había desaparecido.

    «Tú me protejes, yo te protejo. Lo lamento mucho Oonishi, no pude protegerte esta vez» Acarició su rostro con la mano derecha y luego abrió los ojos repentinamente, recordando lo que le había encargado unos días antes.

    Aquel encuentro había ocurrido antes del campamento en Fuji, cuando recién se preparaban para afinar los últimos detalles. Oonishi se encontraba solo con Watanabe, caminaban por los jardines de la casa Kyochiboku. Toda la gente se movía de aquí para allá, los alumnos estaban nerviosos, los caballos eran preparados, pero ellos dos parecían como si vivieran en un Japón en paz. Udo llevaba su sonrisa de siempre, miraba el cielo y éste se reflejaba en sus ojos negros. Watanabe rió entre dientes y ladeó la cabeza, algo sorprendido.

    «¿Qué te hace tan feliz, Udo?» Ambos tenían el mismo gesto para caminar, llevaban las manos tras la espalda.

    «Por fin ha llegado el día» Dijo sin despegar la vista del inmenso cielo azul «Se puede sentir en el aire» Cerró los ojos y aspiró suavemente; aquella brisa acarició su rostro gentilmente.

    «Es cierto, por fin ha llegado la hora de batallar contra aquel clan» Oonishi escuchó a Watanabe y negó con la cabeza. No se refería a eso en lo absoluto.

    El lagarto de ojos amarillos se quedó en silencio y se rascó la cabeza, algo confundido. Oonishi rió con fuerza «Mi amigo, siempre tan entusiasta cuando se trata de batallas» Hizo una pausa, se refregó los labios y el mentón, deteniendo la marcha y colocándose frente a él. Eso no era una buena señal, según Hideo.

    «Necesito que me hagas un gran favor, pero primero necesito que tomes asiento» La intriga crecía más y más en él, y como siempre, no se reflejaba en su rostro, pero si apretó el labio.

    garden

    Pasearon por uno de los puentes en el jardín y se dirigieron hasta algún lugar donde nadie los interrumpiría. Una vez que se sentaron cerca de una fuente llena de peces, Oonishi dejó un gran silencio, mientras que Watanabe se alzaba de hombros y luego lo miraba al rostro.

    «Bien, dime» Exigió, su ceño estaba más fruncido que antes.

    «He guardado un secreto durante años, y bueno, tú sabes que vacilo bastante cuando se trata de decir verdades, no encontré nunca el momento para decírselo a alguien» Metió la mano por entre su ropa, buscando un objeto pequeño. Watanabe arqueó una ceja, pensando en qué podría haber ocultado, sin quebrar su voluntad. Era una situación muy extraña.

    Finalmente el hombre de canas le extendió una moneda de oro. No era cualquier moneda, era un diseño antiguo y tenía un emblema. Al parecer era un mono de las nieves. Watanabe lo observó y alzó ambas cejas, preguntando qué era el objeto.

    «Esto es para Keisuke» Acotó, en sus manos llevaba una nota pequeña, muy antigua, escrita a tinta «Su padre me lo entregó antes de morir»

    «¿Conociste a Ito Chuugo?» Su sorpresa era aún más marcada en su rostro.

    «Sí, lo conocí cuando era joven, jamás me hubiese imaginado que conocería al hijo también. Lo importante, Hideo, es que Ito Chuugo no es su padre real, esta moneda, este emblema perteneció a un ancestro de la verdadera familia de Keisuke. Esta nota fue escrita por uno de los samurai de antaño, cuando aún no existían los clanes. La línea de la familia de Kei-kun es de guerreros que conocemos sólo gracias a la historia. Ito-san quiso que yo le dijiese esto sólo en caso que su guardián muriera»

    Yori se rió, aunque estaba bastante preocupado por sus palabras.

    «¿Acaso tú eres su guardián?» Preguntó en tono de broma, pero la seriedad con que Oonishi lo había visto, había sido suficiente para tomarlo con el real peso que merecía.

    «Watanabe, estoy hablando muy en serio. Si yo muero en el campo de batalla-»

    «¡No vas a morir!» Interrumpió ahora bastante fastidiado. Oonishi soltó un suspiro y colocó su mano en su hombro, pidiendo con la mirada que lo dejase hablar.

    «Si yo muero en Fuji, no quiero pasarte la responsabilidad de mantener el secreto, si no que quiero que le digas. Keisuke merece saber la verdad. Su padre lo está esperando»

    «¿Está vivo?» Fue su única pregunta. Oonishi solamente asintió.

    Watanabe recogió la moneda entre las ropas del cuerpo de su compañero caído, al igual que la nota. No sabía como se lo iba a decir, o cómo iba a explicarle la historia. Lo único que tenía en mente es que Ito tenía que recibir el objeto y saber sus orígenes, al igual que buscar a su verdadero padre. En esos momentos, Watanabe sintió una gran presión en el pecho. Ito Keisuke iba a ser el más afectado con la noticia. Oonishi era como un padre para él desde que Ito Chuugo había fallecido años atrás. Cuando hablaban más intimamente, le llegaba a decir ‘Otosan’. Ito siempre se justificaba diciendo que se confundía, pero eran sus verdaderos sentimientos. A su vez, Oonishi siempre lo trató de manera más paternal que a los demás.

    «Va a ser difícil» Se dijo para sí, refregándose la cara.

    No podía cargar más con el cuerpo de su compañero. En su semblante podía ver que pedía descansar. Además, su caballo no podría con el peso, si es que quería volver a Sai. Observó los árboles, y luego, miró hacia las montañas, que estaban encima de ellos. Ese era un lugar tranquilo y hermoso. Luego recordó su familia, y sus compañeros. Ellos merecían decirle adiós y cremarlo. Watanabe estaba en un verdadero dilema. Afortunadamente, había sido curado por un extranjero con anterioridad, así que no estaba en peligro -al menos- de unirse a su compañero, aunque lo quisiese.

    «Udo, por favor, ayúdame»

    Gracias al cansancio, Watanabe se quedó dormido junto al cadáver, en la misma posición. Pasaron un par de horas, el cielo estaba oscuro por las nubes, anunciando la lluvia. Un estruendo despertó al de ojos amarillos. Estaban en movimiento. Era una carreta que llevaba paja y algunas provisiones. Un campesino junto a un niño estaban al frente, mientras que otro joven estaba cuidando los cuerpos. Watanabe tomó asiento, sintiendo un dolor punzante en su cabeza, a lo que el joven respondió con un grito.

    «¡Papá, está vivo!» Gritó, a lo que el campesino volteó y detuvo la marcha.

    Luego de muchas disculpas -y de haberse salvado de una cremación y que le quitaran las armas- el campesino lo dejó en el lago Sai. Le regaló paja para que hicieran un funeral apropiado. El cuerpo fue depositado en la cercanía de las tiendas, junto con el regalo de aquella familia. Watanabe caminó lento, tratando de demorar el suceso. Sabía, sin embargo, que sus compañeros ya se habrían enterado de la noticia, puesto que Nakamura lo había visto todo. Se escuchaban algunas discusiones y de una de las tiendas, salió primero Ito, luego Yamada, seguido por Miyake y Sato. Más atrás se encontraban Nakamura y Kobayashi.

    Keisuke, con toda la rabia que podía demostrar, se aventó contra Watanabe, sin lograr botarlo, pero si moverlo con ambos brazos. El joven de cabellos largos le gritaba y lo culpaba por los hechos.

    «¿¡Por qué no le ayudaste!?» Sus ojos estaban rojos y a punto de estallar en llanto «¡Él lo hizo por ti! ¿¡Por qué no detuviste a esa perra!? ¡Eres un desgraciado!»

    Watanabe sólo cerró los ojos, merecía eso y mucho más. Él había dado la orden principal, además que dejó que Yura le hiciese esa herida mortal. Era su culpa. Ito siguió gritando, y golpeaba con sus puños cerrados el pecho del más alto. De improviso, le dió un puñetazo en la cara y finalmente cayó rendido por el dolor en el piso, arrodillado, gritando por la pérdida. Yamada fue a socorrer a Watanabe primero, pero él nego.

    «Ayuda a Ito, él te necesita más»

    Tanto Miyake como Sato trataron de hablarle, pero Watanabe sólo los dejó atrás, y entró en la tienda bastante molesto, y con un terrible pesar. Nakamura fue el primero en aproximarse, quedando de pie a una distancia prudente de su compañero.

    «Watanabe, sé que debí esperar pero-»

    «¿¡De verdad piensas eso!?» Contestó enojado, con un tono sarcástico. Sus manos temblaban y se llevó una al rostro «Lo lamento, no puedo, no puedo…»

    Kobayashi entró, mirando primero hacia afuera, donde los demás se encontraban y luego volvió la vista a los dos que se encontraban allí.

    «Todos estamos preparados para morir» Alzó los hombros como si nada «Oonishi también lo estaba. No sé porque se sorprenden. Lo único lamentable es que murió a manos de una mujer» Prendió un cigarro, riéndose entre dientes y le dió una calada a éste. Watanabe sólo escuchaba.

    «Una mujer cobarde» Agregó Nakamura escupiendo en el piso «Pensé que los lobos eran los que se mantenían apegados al código Bushido»

    Watanabe alzó la vista, su atención había sido capturada por aquel comentario.

    «Es cierto. Ella no se saldrá con la suya, su clan no apoya ese tipo de actos» Dijo Watanabe con algo más de alivio «… aunque tampoco planeaba quedarme con los brazos cruzados. Todo esto fue mi culpa, tengo que arreglarlo de algún modo» Se puso de pie y los miró, pidiendo permiso para salir.

    «Necesito hablar con Ito a solas, ustedes quédense aquí y retengan al resto»

    Keisuke aún se encontraba en el suelo llorando, golpeaba el piso sintiéndose impotente por no haber estado en ese preciso momento para ayudar a Oonishi y dar la vida por él. Watanabe se quedó de pie por unos instantes y luego se agachó para ver a Ito.

    «Voy a matarte si te quedas aquí…» Amenazó sin mirarlo al rostro.

    «Lo merezco, pero por favor, Keisuke, necesito hablarte de algo importante, algo que Oonishi quería que supieras»

    Inmediatamente alzó la vista, se quitó el cabello del rostro y se sentó. Tomó aire para aguantar las ganas de descuartizar al de ojos amarillos.

    Reveló todos los detalles que Udo le había dicho, contó la historia fielmente para que al más joven no le quedaran dudas. En un principio Keisuke no le creía, se mostraba escéptico, pero pronto sus dudas se disiparon al ver el amuleto que Watanabe traía consigo. Recordaba aquel símbolo cuando era muy pequeño, en la espada de un guerrero y en la bandera. Lo tomó con cariño, al igual que la nota.

    «Tu padre te está esperando. Cuando estés listo, él te recibirá»

    El silencio los invadió por unos instantes, pero pronto Ito abrazó con fuerzas a su compañero, dándole las gracias por darle aquella información y, de algún modo, pidiéndole disculpas por haberle dado la espalda por la rabia y frustración.

    «Voy a extrañar a Oonishi-san» Keisuke se aferró al mayor de una manera sorpresiva para el más alto, y aunque no era dado a los abrazos ni a las grandes muestras de afecto, Watanabe le respondió.

    «Yo también lo extrañaré» Una lágrima se escabulló por su rostro al decir esas palabras que provenían de lo más profundo de él.

    En la tienda, todos estaban atentos a sus caras. Se miraban con desconcierto, con extrañeza. ¿Qué serían de ellos? Ya no podían llamarse los Ocho Letales, ya que un miembro importante había fallecido. ¿Seguirían juntos? De cierta forma, nunca se esperaron la muerte de alguien, puesto que eran muy unidos.

    «Mierda, perdí dos dedos en el pie» Comentó Kobayashi mirando su pie sangrar. Aquella intervención alivianó el ambiente.

    «Hay doctores en las otras tiendas, anda allá» Le dijo Sato «¿Necesitas ayuda?»

    «No, voy solo» Kobayashi salió para atenderse esa herida, y los demás quedaron en silencio. Miyake ya se había descargado de su rabia, pero aún le quedaba, se podía notar en su expresión. En ese momento, Yamada decidió hacer algo de té para los demás. Así también se distraía.

    La intervención en el pie de Montaro no fue tan larga, y al menos no perdería la mobilidad ni el equilibrio, ya que no había sido su pulgar. Antes de volver a la tienda, encendió otro cigarro y se quedó fuera de esta por unos momentos.

    «No pensé que Oonishi iba a ser el primero» Yamada estaba tratando de no quebrarse, pero se llevó ambas manos al rostro y explotó en llanto. No era solamente la pérdida, si no que no se hubiese esperado que la señorita Yura, la misma que había conocido en Kobe, pudiera ser capaz de hacer algo así. Sentía tristeza y una gran decepción. Sato se sentó a su lado y lo consoló de alguna manera.

    «Oonishi fue valiente de todos modos. Nadie hubiese sido capaz de pedir disculpas, siempre fue una persona honorable y con sus principios muy definidos. Si bien no pudo defenderse, murió con el honor limpio y con la consciencia tranquila»

    Yamada se apaciguó «¿Por qué la gente buena muere? Kobayashi no es así, él debió haber muerto»

    Montaro sonrió, aún estando afuera de la tienda, y apretó el cigarrillo con sus dientes. No se sorprendía de aquel comentario, no era un tipo limpio, pero tampoco se lo esperaba de sus compañeros. Menos del menor.

    «¡No digas eso Yamada!» Corrigió inmediatamente Sato «Él es nuestro compañero y debemos protegerlo al igual que Oonishi o cualquiera de los demás»

    El hombre de los cigarros entró, haciendo callar a todos. No hizo comentario alguno, no le interesaba.

    Una vez que Watanabe e Ito terminaron su conversación, entraron también a la tienda. Todos estaban cansados, recuperándose de sus heridas y afectados por la noticia. De todas formas tenía que decirles.

    «Compañeros, esto no ha terminado» Anunció Watanabe, todos se quedaron extrañados «Recién hemos comenzado con la batalla»

    Continuará…

     
    *Nota: Esta historia y estos personajes no me pertenecen (Ingrid) La dueña y creadora de tanto historias y personajes es Glow Naif  (mi capitán XD). Espero que hayan disfrutado de esta lectura.
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    1 responses to “Viejos Retazos (Cap3)” RSS icon

    • Gracias por subirlo :3 me llena de orgullo jeje. Me gusta este capítulo en especial, me emocionaba mucho al escribirlo. Gracias por recordármelo.

      Voy a ver si sigo escribiendo acerca de los Ocho Letales, me gustan como grupo. Un beso.


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