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  • Viejos retazos

    Posted on mayo 17th, 2009 ingrid No comments

    Capítulo I

    Un adiós inesperado

    El brillo en sus ojos desapareció luego de dos días agónicos provocados por la intensa fiebre. El hermoso rostro de aquella maravillosa mujer -su compañera, su mujer- que siempre había tenido un tono saludable y rosado, ahora estaba pálido, frío, muerto. La vida la había abandonado y ahora era una muñeca.

    Su esposo tenía su mano tomada con fuerza, no la quería soltar, pero el médico de la familia depositó su mano en su hombro, despertándolo de aquel trance, de aquel sueño en que aún veía el brillo de su sonrisa encantadora, de sus ojos alegres y de su hermosa manera de ser. La verdad lo azotó y destruyó completamente, pero su rostro no lo mostraba. Se mantuvo calmo y acogió a su hijo, quién estaba a los pies del futón, observando la escena sin entender nada. Aun así, se encontraba feliz: Su mamá ya no estaba sufriendo ni gritando, eso estaba bien. ¿Estaría dormida?

    Watanabe Hideo llevó a su hijo hasta la sala principal, donde estaba el resto de la familia esperando la devastadora noticia. Lo entregó a una de los parientes de Aiko, una tía que adoraba el chiquillo. El doctor apareció un momento después, y dió el aviso con mucho pesar.

    Aquel hombre desapareció inmediatamente de la casa, y aunque muchos quisieron seguirlo, no podrían: Hideo los alejaría con su katana si hubiera sido necesario. Comenzó a acelerar el paso, pensando en todo lo que había ocurrido aquella semana. Había tenido muchos encuentros con gente que quería verlo muerto, había batallado incansablemente sólo para tener la rencompensa de ver a su mujer y su hijo al atardecer; ahora todo aquello parecía sólo un cuento, un sueño.

    Llevaba el semblante aparentemente tranquilo, sus ojos amarillos estaban encendidos con rabia, pero no había expresión alguna en su rostro. Pronto abandonó la parte poblada de Tsu, y llegó después de un par de horas, a un lago cercano. Habían algunas embarcaciones de pescadores y otros campesinos recogiendo algunas hierbas que crecían en las orillas.

    Su corazón latía fuertemente, casi como si pudiera romper su caja toráxica y salirse de su cuerpo. Se acercó al agua y mojó sus pies. No era la única parte empapada: Sus ojos se nublaron, su mirada fue cubierta por una gran cantidad de lágrimas, las cuales fueron liberadas junto con un doloroso grito -que había estado retenido por días- el cual llegó a asustar a los animales que yacían cerca de él.

    Culpó a los cielos, a las circunstancias, al doctor, pero por sobretodo a sí mismo. Si hubiera tenido su arma, ya se hubiera quitado la vida. Gritó con fuerza, con rabia, con angustia. Cuando sus fuerzas lo abandonaron, Hideo se dejó caer allí, sin importar que parte del lago cubriera su cuerpo. Su rostro se enfrentaba al cielo, el cual era el único real testigo de sus llagas. Estaba incompleto, algo lo abandonó esa misma tarde.

    Estuvo en silencio por horas, hasta que la noche lo encontró en el mismo lugar. Su cuerpo estaba frío y sus ropas mojadas. Sus ojos ya no estaban rojos, las lágrimas habían desaparecido.

    «Aiko estaría decepcionada. No puedo dejarme abatir» Susurró inexpresivo y llevó ambas manos a su cabeza. Le dolía.

    «El dolor pasará…» O al menos eso esperaba. La amaba demasiado que pensaba que ella se había llevado su alma junto con ella. Ebisu debía estar preocupado por él.

    «Ebisu» Una sonrisa se dibujó luego de muchas semanas. Parecía que la alegría lo había abandonado, pero ahora la estaba recuperando. Era fuerte después de todo, o al menos la encontraría en alguien más. Ese era su hijo.

    hideo

     Autor: Glow Naif